Cannabis, cultura y educación
“Existe una naturalización de la política prohibicionista”

El sociólogo y académico chileno de la Universidad de Playa Ancha, Marcos Muñoz Robles, analizó cómo operan los discursos prohibicionistas y punitivistas en las sociedades de los países de la región, centrados en el “determinismo farmacológico y médico”. A su vez, invitó a abrir el debate sobre las drogas incorporando el aporte de las ciencias sociales que “involucra la comprensión de los fenómenos considerando la subjetividad y los intereses de las personas”.

18 de Noviembre, 2021
Por: Alejandro Palladino

La planta de cannabis es milenaria pero a lo largo de buena parte del Siglo XX fue demonizada por las políticas prohibicionistas y punitivistas, lógica que en la actualidad mantiene sus resabios y dificulta los avances en los marcos regulatorios. Ese andamiaje cultural es, además, el sustento para dar legitimidad en sectores de la sociedad a la persecución y criminalización de quienes cultivan para usos medicinales o recreativos.

El sociólogo y académico chileno de la Universidad de Playa Ancha, Marcos Muñoz Robles, desmenuzó cómo operan esos discursos en las sociedades de los países de la región, centrados en el “determinismo farmacológico y médico”. A su vez, invitó a abrir el debate sobre las drogas incorporando el aporte de las ciencias sociales que “involucra la comprensión de los fenómenos considerando la subjetividad y los intereses de las personas”.

Estos son algunos de los ejes de su participación como expositor en la ExpoIndustria Cannabis y Cáñamo de Resistencia, Chaco, que comenzará mañana. Su videoconferencia del sábado a las 19 hs se titula “Educación y política con perspectiva sociocrítica. Claroscuros del cannabis y las drogas en las Áméricas”.

-¿Cuáles son los ejes de tu intervención en la Expo Cannabis y Cáñamo de Chaco?

-Voy a hablar sobre qué implica entender el cannabis desde la educación y la política. Tenemos un sentido común forjado por el prohibicionismo, que nos plantea una serie de obstáculos a la hora de entender la incidencia del cannabis y las drogas en las Américas. Vivimos bajo prejuicios que son obstáculos a nuestro entendimiento del fenómeno, nos limita la comprensión y, por lo tanto, nuestra forma de actuar en términos políticos, como ciudadanos que buscamos el bien común.

-¿Cuáles son los prejuicios que más pesan?

-Uno de esos prejuicios está marcado por la prohibición. Es decir, que las personas que consumen cannabis son drogadictos o que esté bien prohibir el uso de sustancias en lugar de pensar otras alternativas con relación a las libertades individuales y el resguardo de los derechos humanos. Y a partir de esa concepción, comenzar a deconstruir el concepto hegemónico de droga en el que también se inscribe la cannabis. En ese sentido mi disertación busca sensibilizar a las autoridades y a la comunidad para que entendamos nuestra realidad en las Américas.

-¿Cómo operan esos discursos prohibicionistas?

-Hemos sido manipulados por la política prohibicionista, que nos hace pensar en drogas buenas y malas, blandas y duras, cuando en realidad tenemos que poner en el centro de la preocupación lo que hemos vivido en los últimos 60 años de prohibición y su implicancia en América Latina, un continente que sufre la consecuencia de la guerra contra las drogas en todos los niveles de nuestra cotidianeidad, por el narcotráfico, la violencia y la corrupción. Mi ponencia va en el sentido de romper los prejuicios que nos impiden hablar y tener un diagnóstico más cabal de lo que nos pasa en nuestro continente.

Desde la educación y sus tabúes netamente prohibicionistas, se centran en la concepción biomédica y farmacológica, con debates reduccionistas y que no relevan el contexto de los consumos y usos de sustancia. Se mira todo desde una perspectiva monocultural, científica y biomédica. No se considera siquiera el aporte de las ciencias sociales, que involucra la comprensión de los fenómenos considerando la subjetividad y los intereses de las personas por hacer uso de sustancias para su bienestar personal, como el caso del cannabis medicinal, o bien por uso recreativo y adulto, o en última instancia por el mero hecho de la persona de hacer ejercicio de su autodeterminación.

-¿En qué consiste el discurso farmacológico y médico?

-El determinismo farmacológico es un discurso que elimina de la relevancia y deja en la opacidad todos los aspectos subjetivos, sociales, culturales de uso de sustancias. También el aspecto político, que se vincula con que algunas sustancias son lícitas y otras ilícitas. Ese discurso le resta la dimensión social al uso de sustancias y se impone la idea que son problemáticas en sí mismas, que el usuario es un enfermo y que el problema al dejar de ser social, se transforma en un problema de médicos y expertos que deben administrar la salud y la enfermedad en la población. Entonces se produce una naturalización de la política prohibicionista a partir de este discurso conservador y funcional al punitivismo.

-¿Y de qué manera ese discurso se relaciona con la persecución a usuarios y cultivadores?

-El discurso criminalizador se retroalimenta del discurso biomédico porque ambos coinciden en restar relevancia política y legitimidad a la demanda de los usuarios por hacer uso de su libertad y su interés, de su placer por ejercer la autonomía y consumir sustancias que puedan ser modificadoras del ánimo. Esa dimensión política emergente está totalmente invisibilizada por el discurso biomédico porque no tratan esas dimensiones de la realidad, sino aspectos neuronales y epidemiológicos que reducen la complejidad humana.

-Socialmente también existe una idea de aceptar el consumo de cannabis, pero siempre y cuando sea para su uso medicinal o terapéutico, que es el que predomina por el momento en los marcos regulatorios de los países de la región.

-Son avances políticos. Pero en términos ideológicos y filosóficos van en contra del principio de autonomía personal. Es un subterfugio, un elemento táctico que avanza en la dirección de la descriminalización, y en ese sentido políticamente es correcto. Pero en términos ideológicos o filosóficos es una contradicción porque nos vuelve a retrotraer a la discusión de que existen drogas buenas o malas. Es un esencialismo y un reduccionismo, y resta importancia a lo fundamental: la soberanía y el poder que puede desplegar el sujeto, capaz de ejercer una acción que le permita hacer uso de una sustancia. La sustancia en sí misma es una sustancia inerte. Decir que el cannabis es una sustancia que es bueno para un efecto y para otros no, es reducir el problema a la cosa y volver al determinismo farmacológico.

Entonces, estamos innovando pero dentro del paradigma demonizador. Invito a pensar no de manera esencialista ni determinista, sino entender la realidad de las Américas porque tenemos situaciones reales de consumo para los fines que las personas estimen conveniente. Por lo tanto, una política libertaria y autonomista es la que reivindico, con menos tutela médica y jurídica y con más libertad y derechos.

-Por último, ¿cuál es la situación en Chile con respecto al cannabis desde lo social y lo normativo?

-Chile despenalizó el consumo de drogas en términos sociológicos, es decir la sociedad no critica el consumo. No está en discusión que la gente consuma marihuana. Hay incluso un acuerdo intergeneracional, el uso está normalizado. Chile es un país altamente usuario de cannabis, de hecho en América es el país de mayor consumo. Pero tenemos un gobierno que ha tenido una deriva fascista. Sebastián Piñera le declaró la guerra al pueblo chileno durante el estallido social de 2018. Eso implicó una forma inusitada de violencia del estado, que no la dosociaría de la violencia que ejerce el estado respecto a la violencia estatal contra los usuarios de cannabis, incluyendo a los de cannabis medicinal.

Este contexto del cannabis y el avance del pueblo chileno en su tolerancia y normalización social, colisiona con la lógica del poder en su contexto de crisis actual, por lo cual este poder se está haciendo cada vez más fascista. Es un poder legal pero no legítimo. Hay un hiato que se abre entre la política y la sociedad que explica también el estallido social. Si hubieran habido vasos comunicantes entre la política y la sociedad no hubiésemos llegado a un estallido donde la violencia se impone como mecanismo de resolución de los conflictos.

Tenemos una lucha entre los poderes constituidos y el poder constituyente, a nivel institucional. Y a nivel social, tenemos usuarios de cannabis medicinal y recreativo y adulto que están siendo encarcelados y reprimidos por el mero hecho de plantar para tener un consumo que no esté inmerso en las lógicas del ilícito y la criminalidad.

Editorial
Por Leandro Ayala - Fundador de Industria Cannabis. Emprendedor Cannábico.
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